El amor que organiza la vida
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.”
— Deuteronomio 6:5
Para muchas personas, especialmente para quienes no profesan ninguna fe, puede parecer egoísta que Dios pida ser amado por encima de todas las cosas. Cuando leemos los Diez Mandamientos entregados a Moisés en el monte Sinaí, en el libro de Éxodo, no encontramos este mandato expresado de esa forma. Sin embargo, este es considerado el primer y más importante de todos los mandamientos, pues resume y da sentido a los demás.
¿Cómo puede ser esto posible?
Al leer la Biblia y analizar el contexto histórico en el que se desarrollan los acontecimientos narrados en ella, encontramos una característica común en la región del Levante y en los territorios cercanos. Numerosos pueblos habitaron estas tierras y nos legaron arquitectura, relatos orales y textos escritos que han llegado hasta nuestros días. Sin embargo, la identidad de muchos de esos pueblos se perdió con el paso del tiempo, quedando solamente fragmentos de memoria de un pasado lejano.
En contraste, el pueblo judío —como se le conoce actualmente— ha conservado su identidad cultural y religiosa durante milenios. En gran medida, esto ha sido posible gracias a la continuidad de sus leyes y mandamientos. Es decir, no se trata únicamente de normas rituales, sino también de un camino mediante el cual una identidad colectiva ha logrado preservarse a través de las generaciones.
Aquí podemos observar este mandamiento cobrando vida de una manera extraordinariamente efectiva. Cuando una persona ama una idea, procura conservarla, transmitirla y darle continuidad.
Aquí surge una pregunta importante: ¿qué significa realmente amar? En el lenguaje cotidiano solemos asociar el amor con una emoción o un sentimiento pasajero. Sin embargo, el amor también puede entenderse como aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo, nuestros esfuerzos y nuestras prioridades.
Cuando una persona ama algo profundamente, organiza su vida alrededor de ello. Un padre trabaja largas horas por sus hijos porque los ama. Un artista perfecciona su obra porque ama su arte. Una comunidad conserva sus tradiciones porque las considera valiosas. El amor, por tanto, no es solamente un sentimiento; es una fuerza que orienta nuestras decisiones y da continuidad a aquello que consideramos importante.
Desde esta perspectiva, el mandamiento de amar a Dios por encima de todas las cosas no se presenta como una exigencia egoísta. Más bien, plantea la idea de colocar en el centro de nuestra vida aquello que sirve de fundamento para todo lo demás. Si Dios es la fuente de la vida, de la moral y del propósito humano, entonces amarle primero significa ordenar correctamente nuestras prioridades.
Sin embargo, los seres humanos solemos ser profundamente egocéntricos. Con frecuencia nos colocamos en el centro de cada historia que ocurre a nuestro alrededor. ¿Qué hago? ¿Cómo me afecta esto? ¿Qué beneficio obtengo? Son preguntas que nos hacemos constantemente.
Ese enfoque excesivamente centrado en nosotros mismos puede llevarnos a tomar decisiones que, a corto plazo, parecen adecuadas o incluso agradables. Pero ¿qué ocurre cuando, en la búsqueda de satisfacer nuestros deseos inmediatos, terminamos colocándonos en situaciones que perjudican nuestro bienestar físico, emocional o espiritual?
Pensemos en un ejemplo.
Imaginemos ese trabajo tan deseado que promete crecimiento profesional y estabilidad económica. Sobre el papel parece perfecto. Sin embargo, el ambiente laboral resulta ser desgastante. Lejos de la imagen de familia que la empresa promueve, se convierte en un lugar donde predominan la competencia feroz y el interés individual.
Quizás hayas vivido una situación similar. Quizás la estés viviendo ahora mismo. Tal vez continúas allí únicamente porque dependes de ese salario para pagar la hipoteca, el préstamo bancario o el automóvil que siempre quisiste y que adquiriste apenas unos meses después de comenzar en esa empresa que hoy te consume.
Entonces surge una pregunta importante: ¿qué debemos poner primero, nuestro bienestar o las cosas materiales?
Y aquí alguien podría preguntarse: ¿qué tiene que ver esto con amar a Dios por encima de todo?
Desde una perspectiva psicológica, confiar en una realidad trascendente o en un orden moral superior puede disminuir la incertidumbre frente al futuro. Tener un marco claro de valores facilita la toma de decisiones, reduce los conflictos internos y fortalece la estabilidad emocional.
Para el creyente, esta confianza adquiere una dimensión aún más profunda: la certeza de que Dios ama a su creación, es decir, a cada uno de nosotros.
Podemos verlo también en el ámbito familiar.
Los padres suelen establecer reglas para sus hijos. Con frecuencia, los niños cuestionan esas normas porque consideran que limitan aquello que ellos llaman diversión.
Pero pongamos en una balanza esa diversión y los riesgos que puede implicar.
Recuerdo una ocasión, cuando tenía aproximadamente cinco o seis años, en la que descubrí lo que era la electricidad. Introduje una pequeña barra metálica en la ranura de un enchufe. Lo que ocurrió después es algo que jamás olvidaré.
Tras la descarga eléctrica, el susto y el llanto, recibí un fuerte regaño. En mi mente infantil no podía comprenderlo. Me preguntaba cómo era posible que me castigaran cuando yo había sido quien más había sufrido las consecuencias de aquella acción.
Años después entendí algo importante: aquel regaño era una expresión de amor. Un amor que buscaba protegerme y preservar mi vida.
Ese mismo amor que recibí y sigo recibiendo de mis padres forma parte de un círculo que se transmite entre generaciones. Es un vínculo que brinda apoyo, dirección y un extraordinario sostén emocional.
Por eso, amar a Dios no debe entenderse solamente como un mandato. También puede comprenderse como una forma de protección y confianza. Es la convicción de que existe alguien que cuida de nosotros incluso cuando no entendemos completamente el propósito de ciertas normas o circunstancias.
Seas creyente o no, apoyarse en algo que trascienda lo puramente material suele aportar paz y seguridad. Es una sensación semejante a la confianza que experimentamos cuando sabemos que podemos contar con nuestros padres pase lo que pase.
Y si esa certeza humana puede ser tan poderosa, ¿cómo será la certeza de creer que Aquel que creó todo cuanto existe también vela por nosotros?
- Deuteronomio 6:5 — Biblia NVI
https://www.bible.com/es/bible/128/DEU.6.5.NVI
- El amor de Dios en la Biblia
https://www.iglesiadelpilar.com.ar/dios-nos-amo-primero-biblia/
- Estudios sobre el amor de Dios https://www.predicasbiblicas.com/estudios-biblicos/el-amor-de-dios-5/