Disciplina escolar
Cuando hablamos de educar, hay varios aspectos a tener en cuenta. Uno de estos es la disciplina en el salón de clases. Ciertamente, sin disciplina es difícil tanto aprender como enseñar. La disciplina, por sí sola, ya sea en la escuela o fuera de esta, es necesaria para sobreponerse a los retos que vivimos a lo largo de la vida. Así lo explica su definición según la RAE: “Instrucción de una persona, especialmente en lo moral”. Como profesores, la visión del comportamiento en el aula casi siempre se enfoca en el estudiante, dejando de lado el propio comportamiento del profesorado. En este artículo estaremos hablando principalmente de la disciplina de los estudiantes, pero también abordaremos aspectos relacionados con el profesorado.
Cuando acudimos a los manuales o libros que tratan el tema, podemos encontrar una amplia gama de técnicas para controlar la disciplina. En los libros más modernos suele plantearse que la motivación es el principal aspecto a desarrollar para lograr dicho control. Y esta es una palabra que los profesores solemos repetir mucho. No se habla únicamente de disciplina, sino de “controlar”, que según la RAE se refiere a “ejercer el control sobre alguien o algo”, y cuyos sinónimos incluyen: “vigilar, inspeccionar, examinar, verificar, revisar, comprobar, contrastar, gobernar, dominar, dirigir y mandar”. Es decir, en la práctica real, en la mayoría de los casos se trata de ejercer dominio sobre los estudiantes, especialmente cuando se presentan problemas de indisciplina. Dentro del profesorado suele verse este dominio sobre los estudiantes como algo positivo. Y es aquí cuando surge una duda: ¿se debe forzar al estudiante a permanecer quieto? La respuesta puede ser diversa y dividirse en distintos grupos de opiniones.
De situaciones como esta pueden derivarse varias consecuencias. La primera es la necesidad de validación del docente a través del ejercicio de presión sobre los estudiantes, con el objetivo de obtener un comportamiento que, según los marcos institucionales, sea considerado correcto. La segunda, como consecuencia de lo anterior, es que el estudiante, al ser forzado a permanecer quieto y en silencio, puede perder el interés por la clase o la materia. De este modo, aunque aparentemente mantenga la disciplina dentro del aula, no necesariamente presta atención ni participa de manera significativa en el proceso de aprendizaje.
Y es aquí donde nos encontramos ante una disyuntiva. Por un lado, tenemos el marco institucional sobre la disciplina, que nos exige determinados resultados; por otro, está el objetivo de instruir y educar, que ciertamente, sin disciplina, se convierte en algo difícil de lograr. Anteriormente mencionamos los manuales de los cuales los profesores obtenemos las directrices para trabajar. Dichas directrices están sostenidas sobre estudios sólidos; sin embargo, no toda escuela ni siquiera todo salón de clases es igual. Existen realidades psicosociales que moldean el comportamiento de las personas y, por consecuencia, las técnicas que pueden funcionar en un salón de clases quizá no funcionen en el aula que se encuentra al cruzar el pasillo. Aquí entra entonces el trabajo diferenciado con un grupo de estudiantes o incluso con un estudiante en específico. Pero, aun así, los resultados pueden ser limitados.
Si bien la motivación puede ser un punto en común para lograr un proceso de enseñanza aprendizaje positivo, no todas las técnicas ni las motivaciones son iguales para todo el estudiantado. Por citar un ejemplo, la motivación de los estudiantes citadinos no sería la misma que la de los estudiantes que viven en zonas rurales, ya que la realidad social de ambos grupos suele ser diferente.
Todos estos aspectos que el profesor debe tener en cuenta, sumados a otros factores fuera de la vida escolar, pueden resultar en desmotivación para el propio docente. Por lo tanto, esto puede acabar generando una falta de disciplina en el profesor debido a la frustración durante el proceso. Ciertamente, es correcto buscar motivar al estudiante, pero en muchas ocasiones perdemos de vista que el profesor también necesita ser motivado.
La disciplina escolar no solo recae en los estudiantes; el profesor es un modelo a seguir al cual se le exige desempeñar dicho papel a tiempo completo. No es solo el estudiante quien se somete a la presión de la disciplina exigida ni quien debe sostenerse con bajos niveles de motivación. Los dos actores fundamentales del proceso educativo suelen enfrentar retos similares con los cuales lidiar.
En este artículo nos enfocamos en la motivación como una de las principales herramientas para contrarrestar los problemas de disciplina escolar, sin centrarnos en acciones concretas. Esto se debe a que dichas acciones, según nuestro análisis, dependen en gran medida de factores locales y de los retos particulares de cada escuela.
La balanza entre la labor del profesor y la de los estudiantes en cuanto a disciplina suele ser delicada. Por un lado, sin disciplina resulta difícil llevar a cabo un proceso educativo adecuado; por otro, muchas veces se termina forzando un comportamiento con el objetivo de obtener resultados inmediatos o a corto plazo.
Sin duda alguna, este es un tema delicado y con múltiples aristas que deben tenerse en cuenta. Lograr un estudiantado disciplinado es posible; sin embargo, no toda técnica es infalible ni cada componente del proceso educativo debe analizarse de manera aislada. La disciplina escolar responde a una combinación de factores sociales, emocionales, familiares e institucionales que interactúan constantemente dentro y fuera del aula.
En conclusión, la disciplina escolar no debe entenderse únicamente como la capacidad de mantener el orden dentro del aula, sino como el resultado de un equilibrio complejo entre motivación, contexto social, relaciones humanas y compromiso institucional. Tanto estudiantes como docentes enfrentan presiones y desafíos que influyen directamente en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Por ello, más que imponer conductas mediante mecanismos de control, resulta necesario construir espacios educativos donde exista comprensión de las realidades individuales, motivación mutua y condiciones adecuadas para el desarrollo de ambos actores. Solo así la disciplina puede convertirse en una herramienta que favorezca realmente el aprendizaje y no únicamente la obediencia momentánea.