Cuando Dios me llamó por mi nombre
Cristiano, seguidor de Cristo Jesús, ¿cómo es que decidí entregarme a Cristo?, a pesar de venir de una familia en su mayoría atea, hoy profeso una religión como otros millones de personas alrededor del mundo. Y es curioso, pues en casa recuerdo que cuando era pequeño mi mamá conservaba una Biblia, la cual me era algo curiosa por la calidad de la misma y por no tener dibujos. Como niño al fin, me preguntaba cómo un libro no tenía dibujos bonitos; dicha interrogante me fue develada años después cuando descubrí que los libros impresos para adultos carecían de ese encanto de las ilustraciones creadas para niños.
Mis intereses de pequeño ciertamente no pasaban por entender un mundo espiritual, a pesar de participar de ciertas tradiciones de índole católica; dicho interés llegaría muchos años después.
Ciertamente, a lo largo de la vida de cada persona hay pasajes que nos hacen escoger qué caminos seguir; suele ser común entrar en contacto con ritos o tradiciones religiosas, puede ser una conversación, una película o un libro. Lo cierto es que a donde vayamos vamos a ver o tener contacto con alguna religión.
En una amplia mayoría, ese contacto que suele acercarnos a Dios se produce cuando atravesamos momentos de angustia en nuestra vida. Y es aquí cuando nosotros, las personas, escogemos si nos quedamos con Dios o no. Aceptar a Cristo como el Hijo de Dios, como el Salvador, y seguirlo para acercarnos al Padre no es una acción o decisión de un día; es todo un proceso y, si bien la recompensa es segura pues la palabra de Dios es certera, dicho proceso se sentirá en ocasiones como una carga muy pesada.
Recuerdo una ocasión que hoy, mirando atrás, para mí fue decisiva y creo que fue el primer paso del camino que debía recorrer hasta el bautizo como primera etapa de una vida como cristiano, pues en mi opinión la vida de cristiano no empieza con el bautizo sino con el llamado de Cristo a seguirlo.
Pues en ese momento venía de muchas experiencias donde intenté buscar respuestas en lugares que me alejaban de Dios. Estas respuestas se convirtieron en inmediatez, una inmediatez que alimentaba un deseo que, lejos de traer satisfacción, demandaba más de lo mismo. Y algo sencillo que en muchas ocasiones no logramos comprender o decidimos no comprender es el hecho de que todos pertenecemos al Señor. Su llamado a abrazarlo es constante.
No pasó mucho tiempo antes de que esas respuestas que obtuve se desvanecieran, pues la satisfacción de la carne dura poco. Dios no está en vasijas vacías ni se puede reemplazar por las mismas.
Entonces llegó ese momento de quebrantamiento, cuando le dije: “te pido y a cambio daré mi primer paso”. Esta fue la esencia, sin que en ese momento lo viese de esa manera, un primer paso que no tenía ni idea de la repercusión que tendría. Y hoy entiendo que Dios no da porque le hagas canjes; Dios da, pues su misericordia y su amor por su creación es inmenso y va más allá de todo entendimiento humano.
Años después, la creencia en que mi valor como persona había crecido y mi autoestima era lo que siempre debió ser, el “yo lo puedo todo por mí”, me fue llevando por caminos que eran necesarios recorrer, no porque hayan sido caminos correctos, sino pues Dios los utilizó para mostrarme que el camino hacia Él es Cristo y no mi propio entendimiento.
Y cuando fue el momento, me presentó a quien se convertiría en mi esposa, una pieza del puzzle de Dios, así como yo, quien me haría ir a la iglesia por primera vez, para decir “sí, acepto”, dos veces: primeramente a ella y luego a Cristo.
Uno de esos domingos en la iglesia, donde fui buscando una paz que no lograba encontrar en ningún lado, pues ciertamente estaba atribulado por cuestiones laborales, día el cual, para ser sinceros, estaba tan inmerso en mis pensamientos que no escuché ni media palabra del sermón del pastor, pero fue precisamente ese día cuando, sin pensarlo ni analizarlo, llegó porque ese era el momento; le dije a mi esposa al final del servicio, en dos ocasiones, que me iba a bautizar. Ella pensó que era broma, pues no había mencionado nada en absoluto sobre esto con anterioridad. Y ella me dijo: habla con el pastor, y así lo hice, y pues en dos semanas tendrían lugar algunos bautizos, entre ellos el mío.
Curioso, y para el testimonio después de esto, durante alrededor de 15 días tuve pesadillas que me hacían despertar sobre el horario de 3:00 a. m. a 4:00 a. m. Dichas pesadillas terminaron al segundo día después del bautizo cuando empecé a rezar antes de dormir y al despertar, pues antes de esto no era parte de mi rutina de adoración; digo, es que no existía dicha rutina. Algo más a contar fue precisamente ese momento que es parte del bautizo donde se suele dar al resto de la iglesia testimonio de por qué se toma tamaña decisión; por un segundo sentí como si algo o alguien me pidiera salir corriendo de allí, la duda inundó mi ser, pero la convicción no cambió y hoy me siento feliz de esa decisión.
Decisión que no siento mía; desde hacía ya mucho tiempo Cristo llamó y la puerta estaba abierta, la invitación fue hecha, yo era quien estaba dándole la espalda, y cuando lo vi no hubo dudas de dónde quería estar.